lunes 2 de noviembre de 2009
te veo desde lejos, te investigo, me acerco. empiezo con alguna observación graciosa que probablemente no entendiste, quise hacerte un halago sobre tu bolso y por un segundo te ofendiste. te expliqué que en realidad intentaba ser un poco ocurrente, nada más, y ahí empezó todo a perder gracia. te seguí hablando, me contestaste sin ganas, te fui atrapando y accediste a tomarte un café conmigo. poco a poco fui perdiendo el hilo de la conversación. tenía ganas de levantarme e irme, de decirte que solamente fue tu corte de pelo lo que me llamó la atención.
martes 20 de octubre de 2009
Y de repente son otra vez las 6:28 am y qué sé yo. La noche que se pasa volando, mucho más rápido que el día y la luz celeste que va entrando por el patio y me atormenta poco a poco. Entra por mi cuadrado de cielo entre los edificios y me siento privilegiado por poder ver las nubes de pie, mientras los demás lo hacen asomados por sus ventanas. Me prendo un cigarrillo y me asomo al balcón para que los taxistas me regalen una historia, alguna pelea, lo que sea. Pienso en vos, unos dos minutos hasta que las cenizas llegan al filtro, pienso en que ojalá te vea esta tarde, que te guste mi camisa nueva, que tu sonrisa siga igual, que nada nos cambie. Que todo nos cambió.
domingo 11 de octubre de 2009
Y soñé con vos otra vez.
Todo era cuellos y perfume,
atardecer y despedidas,
como siempre.
Excepto por aquella Polaroid
que nos regalaba más y más
fotos a cada paso que dábamos.
Click
y otra
y otra
y de nuevo.
Me desperté
transpirado abrazado a una foto
imaginaria
y tan real como tu perfume
tu cuello
el atardecer
y nuestra despedida,
otra vez.
Todo era cuellos y perfume,
atardecer y despedidas,
como siempre.
Excepto por aquella Polaroid
que nos regalaba más y más
fotos a cada paso que dábamos.
Click
y otra
y otra
y de nuevo.
Me desperté
transpirado abrazado a una foto
imaginaria
y tan real como tu perfume
tu cuello
el atardecer
y nuestra despedida,
otra vez.
domingo 30 de agosto de 2009
(son multitud) III - vol 2
Esa noche, entre restos de gusto amargo y de cigarrillo en la parada del colectivo, chateé con ella durante varias horas. No me olvido, fue una conversación adolescente como tantas otras hablando de sueños, de veranos en el balcón, de alcancías donde nos ahorraríamos las lágrimas y cuántas cosas más que podrían decirse un par de púberes que recién se conocen. El olor a año nuevo se acercaba desde la ventana, el calor del verano humeando aún después de las diez de la noche y la gente tomando cerveza en el bar de enfrente, visibles desde mi ventana. Al día siguiente ella partía de vacaciones.
Llegó año nuevo, las fiestas se fueron y con el mes de enero empezó el aburrimiento. Había dejado de trabajar hace un par de días y una pequeña gran suma de dinero esperaba ser usada en mi alcancía. A sabiendas de que mis días no iban a mejorar, me sumé al viaje de mi hermana al país vecino de Chile con los pesos contados y sin saber a ciencia cierta qué iba a hacer. El plan duraba 5 días, el tiempo que me mi hermana iba a quedarse junto a su esposo en un hotel. Yo por mi parte me alojé en un hostel a veinte minutos de la playa, en una zona de bohemios y músicos, de bares y de ratas. Así pasé mis primeros cuatro días, recorriendo las calles, comprando antigüedades, escuchando a alguna que otra banda en un bar. Finalmente me decidí a ir a la playa, a caminar y encontrarme a tanta gente de la que me había querido alejar. Entre todos ellos, claro, estaba ella sentada un grupo de pseudo-musculosos de pelos lacios y perfectos, de bronceado caribeño (aún en Chile) y sonrisas publicitarias. Yo, por mi parte, tenía algunas ampollas en la nariz por culpa del sol, los ojos vidriosos y el pelo lleno de arena y sal. Nos sentamos a charlar por un rato, yo entre pelotas de rugby ajenas y conversaciones insoportables mientras ella se peinaba con ayuda de un espejito de mano. No fue nada especial, pero quedamos en que, probablemente, coincidiríamos en el mismo lugar a la noche. - "Ok, está muerta conmigo."- pensé. Qué pelotudo.
Llegó año nuevo, las fiestas se fueron y con el mes de enero empezó el aburrimiento. Había dejado de trabajar hace un par de días y una pequeña gran suma de dinero esperaba ser usada en mi alcancía. A sabiendas de que mis días no iban a mejorar, me sumé al viaje de mi hermana al país vecino de Chile con los pesos contados y sin saber a ciencia cierta qué iba a hacer. El plan duraba 5 días, el tiempo que me mi hermana iba a quedarse junto a su esposo en un hotel. Yo por mi parte me alojé en un hostel a veinte minutos de la playa, en una zona de bohemios y músicos, de bares y de ratas. Así pasé mis primeros cuatro días, recorriendo las calles, comprando antigüedades, escuchando a alguna que otra banda en un bar. Finalmente me decidí a ir a la playa, a caminar y encontrarme a tanta gente de la que me había querido alejar. Entre todos ellos, claro, estaba ella sentada un grupo de pseudo-musculosos de pelos lacios y perfectos, de bronceado caribeño (aún en Chile) y sonrisas publicitarias. Yo, por mi parte, tenía algunas ampollas en la nariz por culpa del sol, los ojos vidriosos y el pelo lleno de arena y sal. Nos sentamos a charlar por un rato, yo entre pelotas de rugby ajenas y conversaciones insoportables mientras ella se peinaba con ayuda de un espejito de mano. No fue nada especial, pero quedamos en que, probablemente, coincidiríamos en el mismo lugar a la noche. - "Ok, está muerta conmigo."- pensé. Qué pelotudo.
Hoy me permití tener esta fantasía, donde era protagonista de una película de Sofía Coppola. Compartía escenas con Scarlett y con Kirsten, rodábamos en París y finalmente te enamorabas de mí. También tenía la capacidad de terminar lo que empiezo, algo que perdí hace mucho tiempo, y vivía en un loft con pisos de madera y paredes con molduras. Hablaba tres idiomas a la perfección, tenía una carrera encaminada, un gato negro llamado Ulises. Tomábamos té rojo hasta las 3 de la mañana, después de ver una película y antes de acostarnos para no dormir, para ver cómo la luz del día violaba las cortinas de voile.
domingo 9 de agosto de 2009
(son multiud) III - vol 1
Quizás esta sea la parte más compleja de mis amoríos pre-y-post-adolescentes. A ella la llamaremos "W" y le dedicaremos el (por ahora) último y más largo de los apartados. Ella era todo lo que yo no buscaba en una chica. Para empezar era bastante más chica que yo, y todos sabemos que las distancias se alargan mucho cuando uno tiene dieciocho. No es lo mismo tener veinticinco y que la chica que te gusta tenga veintitrés, a tener dieciocho y que la muchacha en cuestión tenga dieciseis. Como les decía, "W" era todo lo que yo no soportaba en alguien del sexo opuesto. Nos conocimos, gracias a la modernidad y por pura casualidad, a través de internet. Yo leí al azar, algo que ella había escrito en no sé dónde, y sin saber qué o quién era y totalmente en contra de mis principios le dejé mi mail para que habláramos. Costumbre que, aclaro, me parece detestable y nunca compartí, así como conocer gente por internet me parece pseudo-patético. Así fue como empezamos a charlar (no diré "chatear", odio ese término), y lo que en un principio subestimé (por la diferencia de edad y porque no parecía ser tan interesante como escribía), día a día se fue tornando más y más atrapante, hasta el punto de conectarme para ver si encontraba alguno de sus nicks, siempre originales. Transcurrieron quizás dos o tres meses de conversaciones, de compartir música, libros, películas. Llegó el verano y el simpático azar nos encontró de manera premeditada en una fiesta de navidad.
Para ese entonces yo acababa de "terminar", y digo "terminar" porque no sé si puede realmente terminarse algo que nunca empezó, un jugueteo amoroso con "C", quien no es lo suficentemente relevante como para que hablemos de ella. Como dije anteriormente, "W" estaba en aquella fiesta, donde también estaba "C" y una infinidad más de personas. Recuerdo que pasé toda la noche tomando vodka barato y buscando a "C" que, bajo los efectos de la bebida rusa, no se podía mantener en pie y vagamente me prestaba atención. Con la vista borrosa y la libido a flor de piel, di por terminado todo tipo de sentimiento por aquella tercera letra del abecedario y me dediqué a desperdiciar otra media hora buscando a "W" por entre el tumulto de fluoresencia adolescente. Finalmente y casi terminando la noche la encontré. Era mucho más alta y flaca de lo que la imaginaba, tenía una sonrisa súper amplia y mantenía cierta distancia gélida que me hacía sentir ganas de quedarme. Estuve bailando (pisándola) por alrededor de media hora, quizás un poco más, y mis comentarios a esa hora y en ese estado, eran de lo menos inteligente. "W" se fue, excusándose de que la estaban esperando afuera sus amigas para irse y que bla ble bli. Prometimos vernos en los siguientes días.
"W" partía de vacaciones unos días previos a año nuevo, así que aprovechamos antes de su partida para vernos. Quedamos en encontrarnos a una cuadra de mi casa, en mi café favorito. Si no recuerdo mal, la "cita" era a las cinco y media. Diez minutos antes estaba ahí. Tengo que confesar que no me causaba ninguna emoción del otro mundo ni demasiada excitación, era más que nada intriga. Recuerdo que me puse mi jean nuevo, una remera blanca y zapatillas azules. Esperé por veinte minutos y finalmente me fui. Caminé hasta un local cercano a cambiar un regalo de navidad y, por las dudas, volví a pasar por el lugar de encuentro. Ahí estaba ella, con mirada nerviosa y enojada al mismo tiempo. Me volví a sorprender de que fuese tan alta y flaca y de lo grave de su voz. Me reprochó que me haya ido, me tildó de mal educado y construyó una pared de hielo a mi alrededor por cerca de diez minutos. Castigadora.
Mi café estaba cerrado por un evento de, recuerdo, American Express, así que caminamos casi diez cuadras hasta encontrar otro lugar que nos gustara y que, a pedido de ella, estuviese más alejado del centro en caso de que su-papá-la-viera. Pidió un jugo de naranja y me miraba, desde la otra punta de la mesa, con aires de suficiencia. Charlamos, como de costumbre, de música, de David Lachapelle, del abuso de drogas y de películas. Jamás me voy a olvidar la manera en que me dijo: -"La verdad que no sé qué hago hablando con vos"- cuando le respondí que no había visto la película de la que me hablaba. Por más de hora y media la conversación se extendió entre cigarrillos de niña rebelde, uñas pintadas de azul, zapatillas estridentes y pelo largo hasta la cintura. Sarcasmos, ironías, nos poníamos a prueba el uno al otro, yo tratándola de nena y ella tratándome de pedante. Compramos cigarrillos en un kiosco, le regalé un encendedor azul (color que luego se convertiría en fetiche entre nosotros) y finalmente la acompañé a tomarse el colectivo. Llegó más rápido de lo que esperábamos, me saludó así-nomás, me dejó su cigarrillo a medias y un gusto amargo en la boca. Volví caminando a casa, pensando que según mis sospechas, no era más que una quinceañera rebelde como tantas otras. A las dos horas estaba frente al monitor esperando ver su nick. "rehab" is online. aaaaah.
Para ese entonces yo acababa de "terminar", y digo "terminar" porque no sé si puede realmente terminarse algo que nunca empezó, un jugueteo amoroso con "C", quien no es lo suficentemente relevante como para que hablemos de ella. Como dije anteriormente, "W" estaba en aquella fiesta, donde también estaba "C" y una infinidad más de personas. Recuerdo que pasé toda la noche tomando vodka barato y buscando a "C" que, bajo los efectos de la bebida rusa, no se podía mantener en pie y vagamente me prestaba atención. Con la vista borrosa y la libido a flor de piel, di por terminado todo tipo de sentimiento por aquella tercera letra del abecedario y me dediqué a desperdiciar otra media hora buscando a "W" por entre el tumulto de fluoresencia adolescente. Finalmente y casi terminando la noche la encontré. Era mucho más alta y flaca de lo que la imaginaba, tenía una sonrisa súper amplia y mantenía cierta distancia gélida que me hacía sentir ganas de quedarme. Estuve bailando (pisándola) por alrededor de media hora, quizás un poco más, y mis comentarios a esa hora y en ese estado, eran de lo menos inteligente. "W" se fue, excusándose de que la estaban esperando afuera sus amigas para irse y que bla ble bli. Prometimos vernos en los siguientes días.
"W" partía de vacaciones unos días previos a año nuevo, así que aprovechamos antes de su partida para vernos. Quedamos en encontrarnos a una cuadra de mi casa, en mi café favorito. Si no recuerdo mal, la "cita" era a las cinco y media. Diez minutos antes estaba ahí. Tengo que confesar que no me causaba ninguna emoción del otro mundo ni demasiada excitación, era más que nada intriga. Recuerdo que me puse mi jean nuevo, una remera blanca y zapatillas azules. Esperé por veinte minutos y finalmente me fui. Caminé hasta un local cercano a cambiar un regalo de navidad y, por las dudas, volví a pasar por el lugar de encuentro. Ahí estaba ella, con mirada nerviosa y enojada al mismo tiempo. Me volví a sorprender de que fuese tan alta y flaca y de lo grave de su voz. Me reprochó que me haya ido, me tildó de mal educado y construyó una pared de hielo a mi alrededor por cerca de diez minutos. Castigadora.
Mi café estaba cerrado por un evento de, recuerdo, American Express, así que caminamos casi diez cuadras hasta encontrar otro lugar que nos gustara y que, a pedido de ella, estuviese más alejado del centro en caso de que su-papá-la-viera. Pidió un jugo de naranja y me miraba, desde la otra punta de la mesa, con aires de suficiencia. Charlamos, como de costumbre, de música, de David Lachapelle, del abuso de drogas y de películas. Jamás me voy a olvidar la manera en que me dijo: -"La verdad que no sé qué hago hablando con vos"- cuando le respondí que no había visto la película de la que me hablaba. Por más de hora y media la conversación se extendió entre cigarrillos de niña rebelde, uñas pintadas de azul, zapatillas estridentes y pelo largo hasta la cintura. Sarcasmos, ironías, nos poníamos a prueba el uno al otro, yo tratándola de nena y ella tratándome de pedante. Compramos cigarrillos en un kiosco, le regalé un encendedor azul (color que luego se convertiría en fetiche entre nosotros) y finalmente la acompañé a tomarse el colectivo. Llegó más rápido de lo que esperábamos, me saludó así-nomás, me dejó su cigarrillo a medias y un gusto amargo en la boca. Volví caminando a casa, pensando que según mis sospechas, no era más que una quinceañera rebelde como tantas otras. A las dos horas estaba frente al monitor esperando ver su nick. "rehab" is online. aaaaah.
viernes 7 de agosto de 2009
(son multitud) II
Con la mudanza llegaron los nuevos cambios. Aprender a adaptarse a la vida en la ciudad, al ruido de los autos desde la ventana, a dejar de sentir el olor a alcanfor en el jardín y conformarse con un balcón con baldozas rojas enceradas. También llegó, por supuesto, lo más temido: el nuevo colegio. Esta vez era más como un desafío y entre tanto ruido de mudanza y microcentro apenas me preocupé por pensar en lo que vendría. Con siete años recién cumplidos entré a segundo grado por la puerta grande. Era un colegio católico de varones solos a cuatro cuadras de mi casa y desde un principio todo fue viento a favor. Era más alto que el resto, venía de otro lugar, dibujaba mejor que todos y, como si fuese poco, sabía escribir con letra cursiva y leía de corrido. Me sentía un James Dean de escuela primaria, con actos de rebeldía como contestar a las Señoritas (en este colegio no habían rastros de ninguna "Miss") o ir y volver caminando solo cuando al resto no lo dejaban cruzar la calle sin la compañía de un mayor.
Todos querían sentare conmigo, cual rockstar extranjero que se incorporaba al curso, y yo me sentía nadando en leche condensada. Así fue que conocí a "P".
"P" era bastante distinto a mi, era más bajo y delgado, tenía el pelo rubio y con rulos y ojos celestes cual querubín. Era la clase de chicos que se tomaban todo bastante a la ligera, no tenía problemas con nadie, hacía su vida. Era divertido, sociable y aunque no se destacaba en nada, todos lo querían y, modestia aparte, al mismo tiempo lo envidiaban por ser mi amigo. Así fue como transcurrió mi primaria entera de la mano de "P", inventando historias que sólo nosotros nos creíamos y riéndonos a escondidas del resto del curso. Por supuesto, hubieron otros amigos en esos 5 años en los que fuimos inseparables, pero ninguno estaba a la altura de "P". Él me acompañaba en todas mis ideas y su jardín era lo más cercano a la jungla que un chico pos-moderno-de-ciudad como yo podía tener.
Cuando cumplimos doce años empezamos la secundaria. Era todo hormonas y ventanas empañadas. Fue durante ese año de axilas odorosas por primera vez que nos hicimos más inseparables que nunca. Podíamos compartir gustos por la música, salíamos juntos, nos pasábamos las tardes de viernes dando vueltas por el shopping de la zona y nos reíamos hasta hartarnos como cualquier pre-púber y su ingreso a la famosa edad-del-pavo.
Llegó el verano, los 34º sobre el asfalto y con él la prueba más difícil de todas: irnos de vacaciones juntos. Mis viejos todavía tenían nuestra ex-casa en el norte y nos íbamos a pasar todo diciembre allá, y "P", después de rogarle a su mamá que lo dejara, nos acompañaría.
Llegamos un día antes de que fuese mi cumpleaños que también, por más increíble que suene, es el día en que "N" cumple años. Rigurosamente como todos los años hasta ese año, la llamé a su casa, esta vez para darle la sorpresa de que estaba ahí y de que íbamos a poder pasar el día juntos. Nos encontramos en una heladería a algunas cuadras de mi casa, "N" con su séquito de amigas enamoradas de Leonardo Di Caprio y yo con "P", enamorados de Luisana Lopilato. Todo fue clima de reencuentro, de recuerdos, de abrazos de más cariñosos y de vuelta a sentir ese calorcito en el pecho que no había sentido en todo mi tiempo de escuela católica para varones.
Así fue que siesta tras siesta nos juntábamos para ir a la pileta de "N", de alguna de sus amigas y hasta incluso de "A", a quien también volví a ver durante todo aquel mes de diciembre. Todo iba bien bajo aquellos 40º de sensación térmica y conforme aumentaba el clima, volvían mis escondidos sentimientos por "N".
Una tarde, mientras tomábamos coca-cola en el borde de la pileta, pude ver como "P" y "N" se veían de manera diferente, se reían sin hablar y se salpicaban el uno al otro con los pies sumergidos en el agua. ¿Cómo describir aquella sensación? . Era una mezcla amarga, amarguísima que ni se comparaba con nada antes vivido. Era un combo de odio a mi mejor amigo, de celos y de bronca. ¡Atrevido! . Ella formaba parte de mi pasado y había sido mi secreto no tan bien guardado durante los últimos cinco años y ahora, él, descarado mocoso de rizos perfectos se atrevía a salpicarla de agua. Mis torpes intentos por acercarme a ella siempre terminaban en alguna catástrofe: le tiraba la coca-cola en el pelo o la empujaba sin querer al agua. No había caso, nada de lo que intentara podía revertir aquella situación en la que yo mismo, iluso, me había puesto.
Las noches eran incluso más difíciles que los días. Bajo el frío del aire acondicionado y con "P" durmiendo a mi lado, dormir se hacía imposible. Eran enorme mis ganas de confesarle que yo estaba enamorado de "N" y que lo había estado desde hace tantos años, y por otra parte no pensaba más que en asfixiarlo con la almohada mientras roncaba plácidamente. La mayoría de las veces me sentaba dramáticamente en el balcón a pensar en lo injusta que estaba siendo mi vida y fantaseaba con que era parte de una telenovela y que los espectadores pensaban que yo era el bueno y "P" el canalla de la historia. Si en ese entonces hubiese fumado, hubiese sido la postal perfecta del dramatismo adolescente.
Finalmente ocurrió lo inevitable: "P" y "N" se pusieron de novios. En un torpe descuido mío en el que fui al kiosco, las amigas de ella crearon la situación perfecta para dejarlos solos y que ocurriese la divina tragedia. Me acuerdo que cuando volví los vi abrazados con aires de satisfacción en la hamaca paraguaya y yo intentaba controlar las lágrimas que explotaban, de dolor, de bronca y de celos.
La última semana de diciembre fue básicamente igual. "P" y "N" acurrucados en algún rincón, yo haciendo comentarios ácidos sobre "lo ridículos que se ven los dos", y el resto del grupo hartándose de mis incontrolables celos y, finalmente, dejándome de lado. Corría con la suerte de que "N" no había dado su primer beso y tenía miedo, por lo que le hice jurar a "P" que él no lo sería. Si bien era el primer "noviazgo" de ambos, no quería bajo ningún aspecto que "P" fuese tan significativo en la vida de ella y tenía la ilusión de que ella, finalmente, descubriese que era yo el héroe mártir de aquella historia de verano.
Al fin llegó el día. Subimos los bolsos al auto y nos volvimos de aquellas turbulentas vacaciones. Para esos días "P" y yo prácticamente no nos dirigíamos la palabra, situación que mi padre desaprobaba tildándome de inmaduro y envidioso. Con lágrimas en los ojos "N" y "P" se despidieron mientras yo esbozaba una sonrisa de satisfacción, sabiendo que los estaba separando por el resto de sus vidas.
Quinientos quilómetros después, "P" y yo ya estábamos riéndonos en el auto mientras cantábamos al unísono algún tema de Cacho Castaña. Al año siguiente dejaríamos de ser amigos.
Todos querían sentare conmigo, cual rockstar extranjero que se incorporaba al curso, y yo me sentía nadando en leche condensada. Así fue que conocí a "P".
"P" era bastante distinto a mi, era más bajo y delgado, tenía el pelo rubio y con rulos y ojos celestes cual querubín. Era la clase de chicos que se tomaban todo bastante a la ligera, no tenía problemas con nadie, hacía su vida. Era divertido, sociable y aunque no se destacaba en nada, todos lo querían y, modestia aparte, al mismo tiempo lo envidiaban por ser mi amigo. Así fue como transcurrió mi primaria entera de la mano de "P", inventando historias que sólo nosotros nos creíamos y riéndonos a escondidas del resto del curso. Por supuesto, hubieron otros amigos en esos 5 años en los que fuimos inseparables, pero ninguno estaba a la altura de "P". Él me acompañaba en todas mis ideas y su jardín era lo más cercano a la jungla que un chico pos-moderno-de-ciudad como yo podía tener.
Cuando cumplimos doce años empezamos la secundaria. Era todo hormonas y ventanas empañadas. Fue durante ese año de axilas odorosas por primera vez que nos hicimos más inseparables que nunca. Podíamos compartir gustos por la música, salíamos juntos, nos pasábamos las tardes de viernes dando vueltas por el shopping de la zona y nos reíamos hasta hartarnos como cualquier pre-púber y su ingreso a la famosa edad-del-pavo.
Llegó el verano, los 34º sobre el asfalto y con él la prueba más difícil de todas: irnos de vacaciones juntos. Mis viejos todavía tenían nuestra ex-casa en el norte y nos íbamos a pasar todo diciembre allá, y "P", después de rogarle a su mamá que lo dejara, nos acompañaría.
Llegamos un día antes de que fuese mi cumpleaños que también, por más increíble que suene, es el día en que "N" cumple años. Rigurosamente como todos los años hasta ese año, la llamé a su casa, esta vez para darle la sorpresa de que estaba ahí y de que íbamos a poder pasar el día juntos. Nos encontramos en una heladería a algunas cuadras de mi casa, "N" con su séquito de amigas enamoradas de Leonardo Di Caprio y yo con "P", enamorados de Luisana Lopilato. Todo fue clima de reencuentro, de recuerdos, de abrazos de más cariñosos y de vuelta a sentir ese calorcito en el pecho que no había sentido en todo mi tiempo de escuela católica para varones.
Así fue que siesta tras siesta nos juntábamos para ir a la pileta de "N", de alguna de sus amigas y hasta incluso de "A", a quien también volví a ver durante todo aquel mes de diciembre. Todo iba bien bajo aquellos 40º de sensación térmica y conforme aumentaba el clima, volvían mis escondidos sentimientos por "N".
Una tarde, mientras tomábamos coca-cola en el borde de la pileta, pude ver como "P" y "N" se veían de manera diferente, se reían sin hablar y se salpicaban el uno al otro con los pies sumergidos en el agua. ¿Cómo describir aquella sensación? . Era una mezcla amarga, amarguísima que ni se comparaba con nada antes vivido. Era un combo de odio a mi mejor amigo, de celos y de bronca. ¡Atrevido! . Ella formaba parte de mi pasado y había sido mi secreto no tan bien guardado durante los últimos cinco años y ahora, él, descarado mocoso de rizos perfectos se atrevía a salpicarla de agua. Mis torpes intentos por acercarme a ella siempre terminaban en alguna catástrofe: le tiraba la coca-cola en el pelo o la empujaba sin querer al agua. No había caso, nada de lo que intentara podía revertir aquella situación en la que yo mismo, iluso, me había puesto.
Las noches eran incluso más difíciles que los días. Bajo el frío del aire acondicionado y con "P" durmiendo a mi lado, dormir se hacía imposible. Eran enorme mis ganas de confesarle que yo estaba enamorado de "N" y que lo había estado desde hace tantos años, y por otra parte no pensaba más que en asfixiarlo con la almohada mientras roncaba plácidamente. La mayoría de las veces me sentaba dramáticamente en el balcón a pensar en lo injusta que estaba siendo mi vida y fantaseaba con que era parte de una telenovela y que los espectadores pensaban que yo era el bueno y "P" el canalla de la historia. Si en ese entonces hubiese fumado, hubiese sido la postal perfecta del dramatismo adolescente.
Finalmente ocurrió lo inevitable: "P" y "N" se pusieron de novios. En un torpe descuido mío en el que fui al kiosco, las amigas de ella crearon la situación perfecta para dejarlos solos y que ocurriese la divina tragedia. Me acuerdo que cuando volví los vi abrazados con aires de satisfacción en la hamaca paraguaya y yo intentaba controlar las lágrimas que explotaban, de dolor, de bronca y de celos.
La última semana de diciembre fue básicamente igual. "P" y "N" acurrucados en algún rincón, yo haciendo comentarios ácidos sobre "lo ridículos que se ven los dos", y el resto del grupo hartándose de mis incontrolables celos y, finalmente, dejándome de lado. Corría con la suerte de que "N" no había dado su primer beso y tenía miedo, por lo que le hice jurar a "P" que él no lo sería. Si bien era el primer "noviazgo" de ambos, no quería bajo ningún aspecto que "P" fuese tan significativo en la vida de ella y tenía la ilusión de que ella, finalmente, descubriese que era yo el héroe mártir de aquella historia de verano.
Al fin llegó el día. Subimos los bolsos al auto y nos volvimos de aquellas turbulentas vacaciones. Para esos días "P" y yo prácticamente no nos dirigíamos la palabra, situación que mi padre desaprobaba tildándome de inmaduro y envidioso. Con lágrimas en los ojos "N" y "P" se despidieron mientras yo esbozaba una sonrisa de satisfacción, sabiendo que los estaba separando por el resto de sus vidas.
Quinientos quilómetros después, "P" y yo ya estábamos riéndonos en el auto mientras cantábamos al unísono algún tema de Cacho Castaña. Al año siguiente dejaríamos de ser amigos.
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